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14 jul. 2013

DEMOLICIÓN DE LA CIUDAD S.A.

Me enteré por primera vez de la existencia de esta compañía cuando me crucé con mi viejo amigo S. y me pasó su nueva tarjeta. S. solía ser un asesino profesional muy reconocido, pero dejó su trabajo para fundar “Demolición de la Ciudad S.A.”. Nunca supe por qué antes había elegido hacerse asesino a sueldo. Siempre dijo que lo hacía porque era la manera más rápida de ganar dinero, y nunca le pregunté más sobre el tema. Lamenté su cambio de rubro, justo cuando iba a consultarlo sobre un asunto importante en el que tenía particular interés: aniquilar a todos los editores de revistas de nuestro país que son demasiado tímidos para desafiar el statu quo  en la planificación urbana y la arquitectura. Le pregunté si las cosas andaban mejor. Él me instó, entonces, a unirme a su empresa, cuyo nombre me parecía más el de una sociedad secreta que el de una compañía.
S. es un hombre de carácter, como cualquier buen artista o artesano. Una vez que aceptaba  una orden para matar a alguien, no escatimaba ningún esfuerzo en el proceso de su trabajo, fuera esa persona apenas un pequeño jefe con una docena de seguidores o una gran figura en el poder como un ministro del gabinete. ¡La cuidadosa planificación y organización a largo plazo, la belleza de un asesinato bien hecho, la perfecta desaparición del cuerpo! Era como un artista en el diseño de sus creaciones. Puede que haya sido uno de los poquísimos que lograra realmente la perfección. Luego, de repente, cambió de trabajo. Naturalmente, sentí mucha curiosidad de saber por qué. Dijo que se había desilusionado por completo con la situación humillante a la que había sido llevada su profesión, y por eso, sintiendo la amargura del orgullo herido, deseó romper con ella y comenzar una nueva. Según S. hubo una causa grave para que renunciara a su trabajo como asesino: ¡había surgido un monstruo que no dejaba de herir su orgullo profesional día y noche! Pero ¿cuál fue el motivo directo? En respuesta a mi pregunta, desplegó el diario que tenía a un costado. “El accidente de tráfico de ayer: 5 muertos, 89 heridos” “Derrumbe en un establecimiento nocturno mata a 8 personas y hiere a 25”. “Avanza la investigación por el incremento de víctimas  en zonas costeras por aguas contaminadas”.
El aumento constante de estos “asesinatos no intencionados” y, más aún, el escaso precio de una vida individual, fue anulando gradualmente su profesión como asesino, reduciendo sus ganancias, hiriendo su autoestima. La civilización moderna había reemplazado la empresa privada de matar con un mecanismo llamado ciudad, su producto inevitable y a la vez apoyo físico. La ciudad, por lo tanto, era la asesina de todos los asesinos y, peor aún, al ser anónima, era una empresa curiosa que no tenía ninguna responsabilidad vinculada. S. sentía que, para que la profesión de asesinar volviera a ser un arte, y en la cual este acto humano pudiera ser realizado con placer, no había nada más urgente que destruir estas ciudades inhumanas.
Desilusionado, o bastante enfurecido por la depresión de su profesión, mi amigo S. decidió destruir las ciudades porque él se considera un humanista, un admirador del arte de asesinar. S. decidió desafiar la megalópolis, como consta en el folleto de su nueva compañía.

PROSPECTO DEL ESTABLECIMIENTO DE “DEMOLICIÓN DE LA CIUDAD S.A.” Y EL CONTEXTO DE SU NEGOCIO.

Nuestra empresa apunta a la destrucción completa de las grandes ciudades, que se han visto involucradas, en repetidas oportunidades, en viciosos asesinatos masivos; y a la construcción de una civilización en la que el asesinato elegante, agradable y humanista pueda llevarse a cabo dignamente. Debemos comprometernos en cualquier acción necesaria para alcanzar estos objetivos. Llevamos a la práctica nuestra empresa de la siguiente forma:

1. Destrucción física:

Destruiremos edificios, caminos e instalaciones de la ciudad, usando todos los medios posibles, incluidas la fuerza humana, la dinamita y bombas atómicas.

2. Destrucción funcional:

Agravaremos la confusión del tráfico a través del sabotaje sistemático de las señales de tránsito; vaciaremos las reservas de agua; perturbaremos las redes de comunicaciones; quitaremos de todas las casas las placas de numeración; apoyaremos la construcción ilegal y al mismo tiempo velaremos por el cumplimiento inmediato y completo de todas las provisiones oficiales de planificación urbana.

3. Destrucción de imágenes:

¡Esos skylines gloriosos, esos monumentos soberbios, esas grandes plazas que inundan postales! ¡Esos anuncios chillones! Borraremos de la memoria colectiva todo recuerdo de la vida urbana.
Nuestra empresa llevará a cabo enérgicamente los tipos de destrucción  mencionados anteriormente y se esforzará por presentar nuevos planes.
Los lectores pueden sentirse tentados a reír ante la empresa de mi amigo S. pero ¡la compañía es real! En el centro mismo de Tokio,  sí, flotando en el aire, está tratando de meterse en las grietas de sus vidas… las vidas que ustedes viven en su megalópolis. Todos están bien acostumbrados a su ciudad, intoxicados con sus sonrisas familiares. No tienen nada que ver con la resolución heroica de mi amigo S. Él seguirá adelante con el negocio de su empresa. No tiene nada que ver con ustedes… nada en absoluto.

Nota:
Escribí esta historia en 1962 cuando Tokio estaba en la primera ola de crecimiento económico después de la Guerra, mezclando la realidad y la fantasía que veía entonces.


ARATA ISOZAKI, 1962.

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